El significado de los Tres Reyes Magos y sus ofrendas: una llamada viva para el cristiano de hoy.

La solemnidad de los Tres Reyes Magos nos introduce en uno de los momentos más profundos y universales del misterio de la Navidad. Melchor, Gaspar y Baltasar representan a los pueblos de la tierra que, guiados por la estrella, reconocen en el Niño nacido en Belén al Rey, Dios y Salvador. Su peregrinar es signo de búsqueda sincera, de fe que se pone en camino y de un corazón abierto al encuentro con Dios.
Al llegar al pesebre, los Reyes no solo contemplan al Niño, sino que le ofrecen dones cargados de profundo significado espiritual: oro, incienso y mirra. Cada ofrenda revela quién es Jesús y, al mismo tiempo, interpela la vida del cristiano de hoy.
El oro, símbolo de la realeza, reconoce a Cristo como Rey del universo. Hoy, el cristiano está llamado a ofrecer su propio “oro” cuando permite que Dios reine en su vida: en sus decisiones, en su familia, en su trabajo y en su compromiso con la justicia y el bien común. Es reconocer que Cristo no nace solo en el pasado, sino que quiere reinar en el presente de cada corazón.
El incienso, signo de adoración, proclama la divinidad de Jesús. Así como el humo del incienso sube al cielo, el cristiano está invitado a elevar su vida en oración constante, a vivir una relación viva con Dios y a reconocer su presencia divina en la Eucaristía, en la Palabra y en los hermanos, especialmente en los más necesitados.
La mirra, utilizada para ungir los cuerpos, anuncia el misterio de la pasión y muerte de Cristo. Este don nos recuerda que el amor de Dios llega hasta la cruz. Hoy, la mirra se transforma en la capacidad del cristiano de ofrecer sus sufrimientos, luchas y sacrificios unidos a Cristo, viviendo con esperanza, perdón y entrega incluso en medio del dolor.
En este tiempo, los Reyes Magos nos invitan a preguntarnos:
¿Qué le estamos ofreciendo hoy a Dios?
Nuestra ofrenda ya no se limita a bienes materiales, sino que se hace plena cuando entregamos el corazón, la vida y la fe vivida con coherencia. Honramos a Cristo en su nacimiento cuando acogemos su amor; en su presencia divina cuando lo adoramos y seguimos; y en su muerte cuando vivimos el mandamiento del amor y la misericordia.


Como cristianos católicos, agradecemos profundamente la venida del Hijo de Dios, que se hizo hombre por nuestra salvación, murió y resucitó por nosotros, y que —como proclamamos con fe en el Credo de los Apóstoles— vendrá de nuevo con gloria para juzgar a vivos y muertos. Esta esperanza nos impulsa a vivir con responsabilidad, compromiso y caridad, construyendo una Iglesia viva y una humanidad más fraterna.
Que el ejemplo de los Tres Reyes Magos nos ayude a caminar con fe, a ofrecer lo mejor de nosotros mismos y a vivir una auténtica vida cristiana, consciente, comprometida y llena de amor, para gloria de Dios y bien de nuestros hermanos.

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