Celebrar la Natividad de la Virgen María no es solo recordar el nacimiento de una niña en Nazaret hace más de dos mil años; es reconocer que con ella inició un nuevo amanecer para la humanidad. María nació en un tiempo difícil, marcado por la pobreza, la injusticia y la espera de un Salvador. Sin embargo, en medio de esa realidad, su vida se convirtió en signo de esperanza.
Hoy, en nuestro tiempo, también enfrentamos incertidumbres: violencia, desigualdad, pérdida de valores y una constante búsqueda de sentido. La Natividad de María nos invita a creer que, incluso en medio de las tinieblas, Dios sigue haciendo nacer luces nuevas. Así como María fue elegida para ser Madre de Jesús, también nosotros estamos llamados a ser portadores de esperanza, paz y amor en el mundo actual.
El nacimiento de María nos recuerda que cada vida es un don y una misión. Que nuestros hijos, jóvenes y familias necesitan personas que, como ella, sepan decir «sí» a Dios y abrir caminos de fe y de justicia. Celebrar a María niña es abrir el corazón a la ternura de Dios que se hace pequeño para transformar la historia desde lo sencillo y lo humilde.
Hoy más que nunca, dejemos que la Natividad de María nos inspire a nacer de nuevo en la fe, a renovar nuestra esperanza y a creer que con Dios siempre es posible comenzar otra vez.





